El teólogo palentino
Juan José Tamayo se preguntaba ayer en
EL PAÍS, en un artículo titulado
“Democracia en la Iglesia, ¿por qué no?”, y finalizaba el mismo con una pregunta que me sugiere algunas reflexiones:
¿Cómo Dios puede querer la elección democrática de los gobernantes a nivel político y oponerse a ella en la comunidad cristiana?
Antes de hacerse esta pregunta, afirmaba el autor que no entendía como si el Papa y los obispos defienden la democracia en la sociedad, no la practican en la Iglesia.
En mi opinión la razón de esta aparente incongruencia es muy sencilla:
ni la jerarquía católica ni la de ninguna otra confesión religiosa, creen en la democracia. Todos ellos están mucho más a gusto y viven mejor con sistemas dictatoriales, siempre y cuando, por supuesto, que sean sistemas confesionales. Es mucho más fácil y cómodo entenderse con un gobernante que lo es
“por la gracia de Dios, o de Yahveh o de Alá……”, que con uno elegido democráticamente por el pueblo que puede tener la “
tentación” de hacer lo que este le demanda y no lo que “
ellos” le exigen.
Los jerarcas de la iglesia Católica defienden, de boca para afuera, el sistema democrático en un ejercicio de cinismo que no convence a nadie, pero en la práctica de su organización, según ellos una
“sociedad estatuida por derecho divino, perfecta en su naturaleza” (1), ejercen las formas despóticas y jerarquizadas que les son propias y que están perfectamente regladas en el Código de Derecho Canónico de 1983.
Respondiendo pues a la pregunta que Tamayo se hace en el artículo de EL PAÍS,
democracia en la Iglesia es, de momento, imposible.
(1) Encíclica Inmortale Dei. León XIII. 1985