Nos hemos trasladado

Los contenidos de este blog ahora se publican en
"el bolo de la paciencia"
http://jrlagunilla.blogspot.com/

sábado, 3 de abril de 2010

Una de cal y otra de arena

¡Es que no les deja la condición!
Cuando esta mañana he oído las palabras que el predicador oficial de la Casa Pontificia Raniero Cantalemessa pronunció en el acto religioso del viernes en presencia de Benedicto XVI, supuse que tendría que escribir en este blog sobre la "ventana" de aire fresco que se abría en las enrarecidas estancias de la jerarquía católica.
Antes de ponerme a escribir, quise ratificar lo que de forma no completa había creído oír, y, dado que hoy no se edita prensa escrita, me fui a las páginas digitales de los periódicos.
¡Todo mi gozo en un pozo!
Si bien es cierto que lo que yo había oído, y que tanta esperanza me había producido ante un aparente y radical cambio de postura de la jerarquía católica sobre la violencia que sufren las mujeres, era cierto, al final el susodicho predicador lo termina estropeando.

En su sermón que tenía como eje central la idea de que "los hombre tienen que pedir perdón a las mujeres", dijo, entre otras cosas y refiriéndose a la violencia "doméstica" lo siguiente:
"Junto con la violencia sobre los niños, de la que se han manchado desgraciadamente no pocos miembros del clero, hay otra igual de grave, la violencia contra la mujer, que se desarrolla dentro de los muros domésticos, a escondidas de todos y que muchas veces viene justificada con prejuicios pseudoreligiosos y culturales"
"las víctimas se encuentran desesperadamente solas e indefensas y mucha de esa violencia tiene un móvil sexual"
"El adulterio es un pecado que se comete siempre entre dos, pero sólo y siempre, y todavía en algunos países, es castigado uno, la mujer".

Hasta aquí la cosa iba bien, y se pone, desde mi punto de vista aún mejor, cuando el predicador de la Casa Pontificia también condenó los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes a niños.

Pero, como no les puede la condición, al final la tuvo que "pifiar".
Al referirse a los ataques que el Papa y la Iglesia Católica están recibiendo por su silencio y ocultación de los numerosos casos de abusos de clérigos a menores, los comparó con el antisemitismo, utilizando para ello una supuesta carta que le había enviado un amigo judío: "El uso del estereotipo, echar las culpas personales a una colectividad, me recuerdan los aspectos más vergonzosos del antisemitismo".

Cuándo se querrán enterar de que nadie acusa al conjunto de los fieles de la iglesia católica, ni siquiera al conjunto de los clérigos de la misma, a cuyo colectivo pertenecen los "abusadores". No. A quienes acusamos es a los miembros de la más alta jerarquía de la Iglesia Católica, comenzando por el Papa, que durante años ocultaron y encubrieron a los abusadores, y para mas oprobio, dictaron normas en las que se amenazaba con los máximos castigos canónicos, incluída la excomunión, para los que revelasen o llevasen a los tribunales ordinarios los temas de pederastia y de abusos sexuales en los que estuvieran incursos sus clérigos.

No existen ni estereotipos ni acusaciones colectivas. Existen, al menos por mi parte, acusaciones y exigencias particulares e individuales, dirigidas a los curas, obispos, cardenales y papas que habiendo cometido estos execrables delitos y/o habiendo tenido conocimiento de los mismos, han ocultado, colaborado en la ocultación e incluso ordenado la misma, bajo las más graves sanciones eclesiásticas. Y contra los que aún hoy en día, defienden que estos abusos y delitos deberían ser juzgados y castigados con arreglo al Derecho Canónico, demostrando el máximo desprecio a las leyes y a los tribunales ordinarios de cada país, y creyéndose aún que siguen en la Edad Media, cuando ellos disponían de vidas, haciendas y derechos sobre los pueblos e incluso sobre los gobernantes.

A esos van dirigidas las críticas, exigencias y condenas, no a ningún colectivo de fieles o de sacerdotes.